miércoles, 12 de septiembre de 2007

Comedia sin título

Uno de los últimos regalos que nos dejó Federico García Lorca, “Comedia sin título”:

Señoras y señores:

No voy a levantar el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y adonde dirige el teatro sus luces para entretener, y haceros creer que la vida es eso. No. El poeta, con todos sus cinco sentidos en perfecto estado de salud, va a tener, no el gusto, sino el sentimiento de enseñaros esta noche un pequeño rincón de realidad. Con toda modestia, debo advertir que nada es inventado. Ángeles, sombras, voces, liras de nieve y sueños existen y vuelan entre vosotros, tan reales como la lujuria, las monedas que lleváis en el bolsillo, o el cáncer latente en el hermoso seno de la mujer o el labio cansado del comerciante.

Venís al teatro con el afán único de divertiros y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír.

¿Por qué? Si creéis en Dios, y yo creo, ¿por qué tenéis miedo a la muerte? Y si creéis en la muerte, ¿por qué esa crueldad, ese despego al terrible dolor de vuestros semejantes? ¡Ja, ja, ja! Diréis que esto es un sermón. Y bien, ¿es que es feo un sermón? Casi todos los que me oyen han dado un portazo y han salido de casa dejando a su padre o a su madre en un momento en que por su bien les reñían, y en ese instante darían todo lo que tienen, hasta los ojos, por volver a oír las dulces voces desaparecidas. Lo mismo ahora. Pero ver la realidad es difícil. Y enseñarla, mucho más. Es predicar en el desierto. Pero no importa.

Sobre todo a vosotros, gentes de la ciudad, que vivís en la más pobre y triste de las fantasías. Todo lo que hacéis es buscar caminos para no enterarse de nada. Cuando suena el viento, para no entender lo que dice, tocáis la pianola; para no ver el inmenso torrente de lágrimas que nos rodea, cubrís de encajes las ventanas; para poder dormir tranquilos y acallar al perenne grillo de la conciencia, inventáis las casas de caridad.

¡Sermón!, sí, ¡sermón! ¿Por qué hemos de ir siempre al teatro para ver lo que pasa y no lo que nos pasa? El espectador está tranquilo porque sabe que la comedia no se va a fijar en él, ¡pero qué hermoso sería que de pronto lo llamaran de las tablas y le hicieran hablar, y el sol de la escena quemara su pálido rostro de emboscado!

La realidad empieza porque el autor no quiere que os sintáis en el teatro, sino en mitad de la calle; y no quiere, por tanto hacer poesía, ritmo, literatura; quiere dar una pequeña lección a vuestros corazones; para eso está el poeta, pero con gran modestia. Cualquiera lo puede hacer. El autor sabe hacer versos, los ha hecho, a mi juicio, bastante buenos, y no es mal nombre de teatro, pero ayer me dijo que en todo arte había una mitad de artificio que por ahora le molestaba, y que no tenía ganas de traer aquí el perfume de los lirios blancos o la columna salomónica turbia de palomas de oro. (Hace unas palmas) ¿Quiere traerme una taza de café? Bien cargado. (Se sienta. Se oyen unos violines). El olor de los lirios blancos es agradable, pero yo prefiero el olor del mar. Yo puedo decir que el olor del mar mana de los pechos de las sirenas, y mil cosas más, pero a él ni le importa ni lo oye, él sigue llamando a las costas en espera de nuevos ahogados, esto es lo que le importa al hombre. Pero, ¿cómo se llevaría el olor del mar a una sala de teatro o cómo se inunda de estrellas el patio de butacas?

jueves, 26 de julio de 2007

Descorazonada infancia

Queda inaugurada esta sección con un texto de Itoiz Navarro, para más señas, mi primo. Es uno de los pedazos que escribió para la página de la Ulifress, mi primer “proyecto” en el mundo de internet y que ahora recupero aquí.
De niño ciego subí por el árbol de la rama caída, aunque claro está yo no pensaba que estaba caída. La rama estar estaba, pero colgaba de un trozo hueco de madera. Yo no pensaba que la madera iba a estar hueca alguna vez. De niño ciego subí por el árbol que daba a la ventana, pero yo no sabía que la ventana estaba cerrada. Yo quería escupir dentro mis lágrimas, pero no sabía que estaba cerrada; aun así seguía escupiendo. De niño ciego subía por el árbol de la rama caída, subía hasta la copa para visitar el nido de un pájaro, cuando me daba cuenta de que el único pájaro que había era mi mano que estaba buscando algo dentro del nido. Una vez vino un pájaro, y el cabrón me sacó los ojos de un picotazo; aunque yo me reí de él, porque ya sabía que era un niño ciego. Pero lo que en realidad quería hacer era llorar, y cuando, subido en el árbol, quise volver a escupir lágrimas dentro de la ventana, pude hacerlo, porque la ventana sí estaba abierta. Lo malo es que me alegré tanto en el momento que me solté del árbol de la rama caída, y cayendo hacia el suelo me acordé de que la rama estaba caída y que sólo la sujetaba un trozo hueco de madera. Me caí al suelo, y no entiendo por qué la rama caída cayó sobre mí. En el suelo tirado me di cuenta de que esto que me pasaba era normal. Era un niño… y estaba ciego.